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inspiración



Béatrice Aguilar

Béatrice jugaba en silencio, sonriente, como inspirada… Se inventaba juegos para reconocer los olores. La pequeña Béatrice clasificaba y archivaba los aromas en su mente. En aquel entonces no se podía imaginar adónde le llevarían aquellos juegos.

Un tiempo después descubrió el mundo de los grandes clásicos del perfume: Chanel N.º 5, Chanel N.º 19, L’Air du Temps, Shalimar, Opium… y, fascinada, aprendió a reconocerlos e hizo evolucionar sus juegos infantiles: ahora se trataba de adivinar cuál era el perfume de cada persona.

El juego se hizo reto y el reto, pasión. Desde su Toulouse natal decidió cursar estudios superiores de Química en la Universidad Científica de Montpellier con la especialización en “Perfumería, aromas y cosméticos”. En sus tiempos de estudiante, era difícil poder viajar con ella, porque todos los veranos se trasladaba a Grasse –capital de la Provenza Oriental y centro mundial de la industria de la elaboración de perfumes–, para poner en práctica los conocimientos teóricos que le enseñaban en la universidad. Allí, los sueños de Béatrice se hacían realidad, ya que practicaba junto a perfumistas de gran maestría –como Marcel Carles, de la Sociéte Grassoise de Parfumerie–, que le ofrecían todas las materias primas que se utilizan para componer olores. Así fue como siguió el método de Jean Carles para el reconocimiento de las materias primas naturales y sintéticas.

Su proyecto de fin de carrera tuvo lugar en el laboratorio creativo de la empresa Antonio Puig de Barcelona. De allí, Béatrice recuerda el privilegio de estar bajo la tutela de los perfumistas Rosendo Mateu y Elisabeth Vidal. Su vida seguía regida por el encuentro con prestigiosos maestros en el arte de la perfumería, quienes compartían generosamente sus conocimientos con la inquieta joven.

Llegaba el momento de afincarse. Francia y España, eran sus países, sus nacionalidades; Toulouse y Barcelona, sus ciudades y sus raíces. Los aromas mediterráneos ganaron aquella partida y la ciudad condal quiso contar con ella como asistente del célebre perfumista Agustí Vidal de la firma Dragoco. Béatrice se convierte en “evaluadora”, nombre que en el argot del oficio reciben los especialistas que, gracias a su dominio de la estructura y los acordes olfativos, son capaces de valorar críticamente una composición.
Poco después, empieza una colaboración que duraría casi una década con otra firma de gran influencia, Eurofragance. En este tiempo, Béatrice descubre el mundo que hay más allá del laboratorio, sus viajes a París, Milán, Madrid y su relación con las personas que iban el vestir el perfume crea en ella la necesidad de implicarse más en todo lo que rodea a un aroma, desde su nacimiento hasta que llega a la piel de la persona a la que está destinado.
En la vida de Béatrice, había aromas, había belleza, pero ella necesitaba todavía un paso más profundo. Era arriesgado, innovador.
Era imprescindible. Y es que la vida privada de Béatrice, rodeada de arte desde su infancia, pugnaba por irrumpir en su ámbito profesional, integrándola en una unidad. Embargada, sobrecogida… ¿Cómo dar forma a esta necesidad vital, aromática, artística? Su búsqueda de los mejores perfumistas empezó, al tiempo que los caminos con los artistas se cruzaban. Óleos y lienzos podían maridar, ella lo sabía bien. Si la vida es un arte… este es el camino a seguir, se dijo Béatrice.
Así vio la luz Scent on canvas (Aromas sobre lienzos). Un proyecto biográfico que nace del amor por la vida que palpita entre aromas, colores y formas.

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